Mujeres anónimas

      “Un cero a la izquierda, no por mi condición de mujer sino por mi carácter humilde”. Así te solías definir. Y así les decías a tus nietas que no deberían sentirse jamás. Porque tú sabías que valías y que sin ayuda de nadie sacaste adelante a tu familia. Sola aprendiste a leer, a escribir, a trabajar la tierra, a ordeñar las vacas y sola, también, aprendiste a mirar para otro lado cuando la lástima de los vecinos te recordaba que una mujer no debería hacer trabajos de hombres, y menos cuando tenía a un hombre al lado.

     Nunca te gustaron las labores de la casa ni las habladurías del pueblo. Tampoco fuiste amiga de los curas ni de las amigas de los curas y cuando tus nietas te preguntaban por qué no ibas a la Iglesia, siempre respondías que tú saludabas a Dios desde allí. Desde tu cerro, tu querido cerro, rodeada de ciruelos, almendros y romero. Rodeada de pájaros, a veces de cerdos, a veces de vacas e, incluso, alguna vez de gallinas.

       Allí creaste tu pequeño mundo ajena a todas las guerras, las dictaduras y las democracias. Bruta e ignorante para muchos pero libre para ti. Libre de normas y de modas pero comprensiva con los cambios. Aunque no pudiste dejar de llorar cuando cumplidos los sesenta y cinco a tu marido le empezaron a pagar sin trabajar. Tú que habías sudado cada peseta y que habías defendido lo tuyo, incluso a pedradas, nunca llegaste a entenderlo. Pero tu no cobraste ni un céntimo, ni uno solo.

      Sucumbiste a la moda de las pensiones, los pantalones con combinación y las pizzas en sartén. Viviste tu peregrinaje de médicos y operaciones con un envidiable sentido del humor. Descubriste que las pastillas brindando y con vino saben mejor. “¡Que lo veamos a otro año!”. Decías en cada festejo con una copa en la mano. Y llegaste a convencer a los demás de que solo esas palabras bastaban para que hubiera otro año más.

    Y cuando ya no podías trabajar y cuando te tocó volar de jaula en jaula y dejar la tuya atrás, te inventaste otro mundo de poesías, canciones y cariño. Y en ese mundo de cariño eras tú la más grande.

      Confeccionaste bolsos, diste conferencias en las salas de espera de los ambulatorios, fabricaste mantas eternas y hasta te atreviste a tejer un biquini. Te adaptaste a las nuevas tecnologías y grabaste canciones, poesías y hasta una entrevista en lo que llegó a convertirse en una adicción porque, como decías, a ti te gustaba mucho la broma.  Así eras tú, la mujer que nunca vio el mar y no la importaba porque verlo significaría haberte alejado demasiado de tu pueblo y eso si que no lo podrías soportar.

      Todos los que te visitaban se llevaban un consejo, una carta, un refrán, y alguna que otra lágrima al descubrirles que nunca habías pensado cuando niña, cuando salías al campo con las vacas que llegarías al final del camino. Y solo con escucharte te hacían feliz. En su vida de prisas y problemas ficticios llegaste a ser un refugio, un tesoro, un rincón donde cobijarse cuando llovía.

      Y un día dejaste de ser un cero a la izquierda al demostrarles a todos lo que tú ya sabías, cuando, al fin, tu sueño se hizo realidad y tus poesías llegaron a lo más alto, al libro de las fiestas de tu pueblo, más lejos no se podía llegar.

     Por eso decidiste que había llegado el momento de marchar y te fuiste sin hacer daño porque siempre habías sido incapaz de hacerlo. Y ese día fue el más triste, el más triste de todos pero no hubo dolor.

     Seguro que ahora estarás con tus vacas. Estarás con tus chascarrillos, tus bromas y canciones. Seguro que escucharán tus sabios consejos de mujer valiente y les cantarás algún que otro romance, el de “La loba parda” o el del ciego y la virgen, seguro que sí. Y todo lo llenarás de plantas y flores, y de tu olor, tu inolvidable olor:

-Abuela, que bien hueles

-Claro, porque soy Rosa, Rosa Muñoz.

Published in: on 5 diciembre 2009 at 14:58  Comments (1)  

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One CommentDeja un comentario

  1. Gracías por recordarla tal y como era… ¡¡NO!!, como ES y SERÁ.
    Un besazo y sigue trabajando como tú sabes hacerlo.


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